Relatos

Jamón, jamón.

11/02/2019

El despacho sólo está iluminado por una luz tenue proveniente de una lámpara de pie, que proyecta sombras deformes sobre la pared. La sombra más extraña la proporciona la enorme bandera rojigualda que se apoya sobre un soporte y ondea suavemente.

Óscar está sentado de espaldas en su silla de oficina, que es ridículamente grande. Aún así, dos orejitas puntiagudas sobresalen por encima del respaldo flanqueando su cabeza, en la que unos finos pelos larguísimos apenas tapan su prominente calva.

¡POM! ¡POM! ¡POM!
Alguien golpea con los nudillos en la puerta de su despacho, Óscar se regodea en su sillón, sabe quien viene y sabe a lo que viene, y le encanta.

— ¡Adelante! — Grita con fuerza sin moverse un ápice de su posición.
Sancho Pérez entra en la habitación. Es un hombre maduro pero salta a la vista que es realmente atrativo, está impecablemente trajeado y peinado, y su corbata de color rojo acentúa el color azul de sus ojos. O, al menos, eso dice su jefa de campaña.

— Buenas noches, eeer… Señor… Presidente. — A Sancho no le ha costado nunca tanto decir una palabra en particular en su vida.

— Buenas noches, Sancho, estoy a punto de conectar con el país para dar mi primer discurso ¿qué deseas?

— Sólo quería darle la enhorabuena por la investidura, ha sido un proceso difícil y largo, pero después de dos elecciones, reproches cruzados y descalificaciones, creo que hemos hecho lo correcto absteniéndonos y dejando gobernar al partido más votado, el suyo.

Óscar no dice nada, disfruta de la situación como un cerdo en una cochiquera.

— ¡GRONK!

El gruñido asusto a Sancho, que continúa hablando intentando rebajar la tensión en el ambiente.

Sólo espero que podamos tender puentes de entendimiento entre nosotros. Los españoles han delegado con su voto la responsabilidad de conducir el país en esta… nueva… tesitura.

— ¡GRONK! ¿Tesitura?

Sancho da otro respingo ante el gruñido de Óscar, sabe que no los puede evitar, pero no se termina de acostumbrar.

— Bueno, ya sabe, con… er… su gente. Toda esta situación es nueva para nosotros, nunca tuvimos que enfrentarnos a una nueva especie… caminando a nuestro lado.

— ¡Ése! ¡ése es el problema!

Óscar se gira en su silla y deja ver su imponente cara de cerdo. Se yergue en toda su altura y se acerca a Sancho, al cual saca casi una cabeza. Los ojos de Sancho quedan a la altura de la barbilla de Óscar, llena de babas y granitos atiborrados de pelos oscuros y puntiagudos.

Los hombres caminabais por la tierra como si fuerais los dueños de todo, cometiendo atrocidades contra todas las demás especies, incluso contra la vuestra propia.

— No, no, a ver, no me he explicado bien, señor Óscar yo…

— ¡Señor presidente! ¡GRONK! — El imponente cerdo alza su voz por encima de la de Sancho.

— Señor… Presidente… – Sancho se corrige y Óscar asiente satisfecho. — Yo personalmente impulsé hace cinco años la ley de respeto animal, convencí a todo mi partido de que votara a favor y desde entonces las muertes de animales inferiores siempre han sido dignas.

— Vuelves a cometer un error, Sancho, no hay animales superiores ni inferiores, solo animales y hombres.

— Bueno, los hombres también somos animales…

— Yo no estaría tan seguro, los hombres sois los únicos que matáis sólo por diversión, además, os encanta jugar a ser Dios… He aquí la prueba.
— Óscar se señala a si mismo. Su enorme cuerpo de cerdo vestido con un pantalón de pinza y una camisa de rayas es realmente peculiar.

— En el fondo agradezco vuestros estudios hormonales y genéticos, vuestro afán por engordarnos más y más rápido y consumir y consumir por encima de vuestras posibilidades. Todo eso es lo que nos ha traído aquí y ahora. Yo presidente, tú, segundón. ¡GRONK! — Óscar agarra a Sancho del
hombro y señala al cielo proclamando como si estuviera en un mitin.

— ¡El primer presidente cerdo de la historia!

— El primer presidente cerdo de la historia, sí. — Sancho confirma con pesar.

ç— O no, mi predecesor no tenía fama de ducharse mucho, ¿Verdad? ¡Ja, ja, ja! — Sancho ríe con él, aunque no sabe muy bien si debería.

— Pero debe recordarle… señor Presidente, que si ha ganado ha sido gracias al voto humano.

— ¡Claro! Claro que sí, si eso es lo mejor de la historia, miles de votos, ¡millones de votos! que me han dado a mí la presidencia provienen de gente que son de otra especie y a la que no voy a beneficiar en absoluto! ¡JA, JA, JA, JA! ¡GRONK!

— ¿PERDONDE? – A Sancho se le salen los ojos de las cuencas.

— No, hombre, no, estoy de broma. Estamos aquí para estrechar lazos…
— Óscar agarra de nuevo a Sancho por el hombro, le hace un gesto para que siga hablando.

— Tender puentes… – Continúa Sancho.

— Limar asperezas… sin rencores. — Completa Óscar.

— Sin rencores.

— En absoluto, sin rencores. — Termina Óscar, con una voz con un tono un tanto amenazante.

Sancho se libera del brazo de Óscar y le tiende la mano a modo de despedida.

— Bueno, yo ya me voy, enhorabuena de nuevo por la victoria electoral.

— ¿Cómo que te vas? de eso nada, estamos de celebración.

— Con todos mis respetos… Yo no.

— Claro que sí, tú también, España tiene un nuevo gobierno y esto hay que celebrarlo.

Óscar acomoda una silla y obliga a sentarse a Sancho en ella, saca de debajo de la mesa una botella de vino y dos copas, que hace chocar entre sí con un gesto burlón.

— ¿Alcohol? — Pregunta Sancho, Óscar niega con la cabeza.

— Esto no es alcohol, amigo mío, esto es un Barón de Chirel del 86, el mejor Cabernet Sauvignon que jamás ha salido de las bodegas de la Rioja.

— Disculpe, pero no comprendo… vosotros los animales… los animalistas…
— Sancho se corrige rápidamente — ¿No estáis en contra del alcohol?

— Amigo mío, es verdad que hay algunas normas en el partido, pero no todas las normas son para todo el mundo, no se si me entiende. — Óscar sirve dos copas de vino. Coge una de ellas y la alza.

— Salud.

Sancho coge la otra copa y brinda con él.

— Salud, yo no tengo nada en contra del buen vino, sería idiota si lo rechazara.

— Pues sí, un idiota de campeonato.

Los dos políticos, hombre y cerdo, beben juntos un sorbito del estupendo caldo.

— Pero si en la cúpula de su partido se enteraran de este desliz… – Deja caer Sancho con inquina.

— ¿Quiere ir a contarlo? Adelante, no va a pasar nada. Nosotros tenemos ciertas licencias, son pequeños extras que nos permitimos a cambio de llevar el peso del cambio sobre los hombros. Dirigir es una tarea ardua, usted mismo lo debe saber.

— Lo se, pero yo conservo mi integridad por encima de todo, no podría promover unas ideas si luego hago justo lo contrario.

— Venga ya… Sancho, si estáis imputados en 4 o 5 comunidades por corrupción.

— ¡Eso son casos aislados!

— ¡Mis cojones aislados! JA JA JA ¡GRONK! Tenéis conocimiento de todos los chanchullos del partido desde la central, eso no me lo puedes negar.

— Al igual que vosotros. O me dirás que los discos duros de los ordenadores se borran solos…

— Exacto, se borran solos. Sin pruebas no hay delito, es la magnificencia del sistema judicial. Y que dure así muchos años. — Óscar alza su copa. Sancho no lo hace.

— No se si comulgo con eso, Señor Presidente.

— Te conviene… lo sabes…

Después de dudar, Sancho alza su copa también. Los dos beben otro sorbo cómplice. Óscar se sobresalta.

— ¿Sabes qué? Tengo algo mejor aquí.

— ¿Mejor que qué? – Pregunta Sancho.

— Mejor que el vino, hombre, mira.

Óscar saca un plato de uno de sus archivadores y lo deja encima de la mesa.

— Eso es… – Sancho está perplejo.

— Jamón.

El plato presenta unas delicadas lascas de delicioso jamón serrano, finas y brillantes con pequeñas vetas de grasa blanca.

— Jamón… ¿Jamón? – Pregunta de nuevo Sancho.

— Jamon, jamón. – Confirma Óscar.

— Pero… Desde que se aprobó la ley de respeto animal es casi imposible de conseguir de contrabando. Está totalmente prohibido.

— Ya lo sé, hombre, y yo también tengo prohibido el vino, pero como ya le he dicho, llevar el peso de nuestros partidos sobre los hombros debería conllevar ciertas licencias, ¿no cree? adelante, coja un poco.

Sancho duda.

— Pero…

— Vamos, no se corte por mí, se lo estoy ofreciendo yo mismo.

La situación extraña sobremanera a Sancho, pero no puede evitar coger una lasquita.

— Vaya, gracias. — Sancho saborea el jamón deleitándose.

— Mmm, joder, qué bueno está, casi había olvidado como sabía. — Óscar lo observa. Lo estudia. Casi lo saborea también.

— Oh, lo siento, lo he dicho sin pensar, espero que no se haya ofendido, es que está realmente delicioso. — Sancho se ha hecho más pequeñito de repente.

— Lo se, lo se. Es una lástima todas estas convenciones sociales… Nos lastran de disfrutar de las cosas buenas de la vida. Pero todo eso va a cambiar, amigo mío.

Óscar busca unos papeles en su escritorio, mientras no le ve, Sancho coge otro trozo de delicioso jamón y se lo come con disimulo.

— ¿Qué va a cambiar? – Pregunta Sancho con la boca llena.

— Todo.

Óscar deja caer una carpeta encima de la mesa. La abre y se la da a leer a Sancho.

— ¿Qué es eso? – Sancho consigue tragar al fin antes de pronunciar la primera palabra.

— Una modificación de las leyes de respeto animal que vosotros promovisteis. La ley estaba bien, la única pega fue que os quedasteis un poco cortos.

— ¿Que nos quedamos cortos? Por favor, Óscar, si hubiéramos ido mas lejos habríamos hecho al país vegetariano.

— Exacto.

Mientras lee, a Sancho se le abren los ojos como platos.

— ¿Quieres restringir todo el consumo de productos de origen animal?

— Eso es.

— Pero no puedes hacer eso, ¿vas a cambiar las costumbres alimenticias de todo un país? ¿La industria alimentaria, la…?

— Déjame corregirte, Sancho. De medio país, y parte del otro medio país me ha votado, así que también estarán de acuerdo ¿no crees?

— Lo siento, pero yo no voy a apoyar la modificación de esta ley en el congreso. No tienes mayoría.

— No me hace falta que me apoyes en el congreso, vas a apoyarme ahora ¡GRONK! Sólo tienes que firmar al final. — Óscar se regodea entregándole un bolígrafo a Sancho.

— ¿Qué? No voy a firmar esto, no tengo porqué hacerlo, si me disculpa, Señor Presidente…

Sancho suelta los papeles y se dispone a salir por la puerta.

— Estaba rico el jamón, ¿verdad?

Sancho se detiene en seco.

— Si, como le he dicho antes, hacía mucho que no lo probaba.

— Para ser la primera vez es bastante sabroso.
Óscar coge un trozo y se lo mete en la boca, lo saborea más exageradamente que Sancho.
— Mmm ¡qué rico, Sancho!

— Pero… ¿qué?

— Tienes razón, Sancho, está delicioso.

— Pero… pero…

Sancho no entiende nada, Óscar se acerca a él intentando explicarle.

— No me mires así, se lo que estás pensando en este momento.

— Yo… no comprendo…

— No te asustes… – La cara amable de Óscar cambia de repente, ahora es terrorífico. — O qué coño, sí, asústate, porque aquí, el caníbal… no soy yo, eres tú. JA JA JA ¡GRONK!

Sancho empieza a hiperventilar, se refugia en una de las esquinas del despacho, tras la ondeante bandera y empieza a tener arcadas, pero no llega a vomitar. Óscar coge otro trozo de jamón y lo saborea escandalosamente.

— MMM, riquísimo. ¡GRONK!

— ¿Me has dado de comer… Jamón humano?

— Si, pero un jamón humano delicioso, tampoco te quejarás.

— ¡Eres un puto enfermo!

Sancho da un paso atrás intentando marcharse y Óscar le corta el paso amenazante.
— ¡Eh! cuidado, Sancho! Vosotros sois los que nos rebanabais el cuello en público y montabais una fiesta alrededor de la matanza. Esto es para que esas cosas no vuelvan a pasar, ¿lo entiendes? — Óscar golpea con su pezuña el dossier de la ley que está apoyado sobre la mesa. – Así que déjate de gilipolleces y firma.

— ¿Pero que dices? ¡No voy a firmar! ¡Eres un degenerado! el peor presidente que ha tenido España, y ya hay que correr…

Óscar se acerca más a Sancho, le da un par de cachetes en la cara, Sancho intenta zafarse.

— Ay, Sancho, Sancho… creo que te conviene. Las historias de putas, cocaína y fondos reservados se entierran fácil, pero, ¿el canibalismo? esa es tu muerte política, hombre.

Sancho está desconcertado, observa el plato de jamón, al que ya solo le queda una lasca.

— No… noooo, ¡Yo no he comido eso! has sido tú ¡Sólo tú! ¡No tienes pruebas! ¡Sin pruebas no hay delito! Tú mismo lo has dicho.

— ¿Estás seguro de que no tengo pruebas?

Óscar apoya su pezuña en un pequeño cubo blanco encima de su escritorio, es una cámara.

— Hijo de puta… – Maldice Sancho.

— Si nos habéis elegido a los cerdos como gobernantes es porque somos más inteligentes, eso es lo que os ha convencido de votarnos. Vamos, firma y esto no saldrá de este despacho.

Óscar saca la tarjeta de memoria de la cámara y se la ofrece a Sancho. Intenta coger la tarjeta pero Óscar se la quita rápido de su alcance y señala el dossier con la mirada. Los ojos de Sancho están inyectados de odio.

Sancho abre el expediente por la última página y firma. Óscar le da la tarjeta de memoria.

— Gracias por su colaboración, jefe de la oposición.

Por el interfono suena un tono y la voz de la secretaria.

— ¡GRONK! Señor Presidente, ya le podemos conectar en directo para dar el discurso de investidura, entra en treinta segundos.

— Gracias, Moni, ya estoy listo.

— Bueno, yo me voy. — Sancho se encamina a la salida con la tarjeta de memoria en el bolsillo.

— Ah, ¿no se queda a ver el discurso? Le conviene, voy a anunciar nuestro nuevo acuerdo de colaboración.

— Cuanto menos nos veamos estos cuatro años, mejor, adiós.

Óscar se encoge de hombros, se pone la chaqueta y se ajusta su corbata, que cuelga solo hasta la mitad de la barriga al tener que rodear su enorme cuello de cerdo.

Suena de nuevo el tono del intercomunicador y la voz de la secretaria empieza la cuenta atrás.

— Entra en 10, 9, 8…

Óscar coloca la pequeña cámara frente a sí y se aclara la voz. Se cuadra.

— Españoles, me presento ante ustedes con respeto y humildad como el primer presidente cerdo de la historia, acabo de reunirme con mi homólogo en la oposición, Sancho Pérez, y los dos estamos de acuerdo en tender puentes, limar asperezas… y terminar con el agravio comparativo que la
especie animal ha sufrido durante tantos y tantos años en este, nuestro país.

Óscar se levanta de la silla y se apoya de manera chulesca sobre la bandera.

— Es por ello que, tras una intensa reunión, hemos acordado modificar la ley de respeto animal por la vía rápida, con un acuerdo total mediante el cual dicha modificación no precisará de ser aprobada ni en el congreso ni en el senado, para evitar que ningún animal, NINGUNO, sea sacrificado ni consumido en España a partir de mañana.

El imponente cerdo se acerca la cámara a la cara de manera amenazante.

— Sin embargo… y este es un mensaje en especial para usted, Sancho, tal y como hemos hablado antes… LOS HOMBRES NO SON ANIMALES, y como viene descrito en el texto refundado de la ley que acabas de firmar, a partir de mañana se decreta el TOQUE DE QUEDA para todo aquel que camine sobre dos pies, que serán dirigidos a los mataderos oficiales autorizados establecidos en cada comunidad.

— ¡Soltadme! ¿Qué hacéis? ¡CERDOS DE MIERDA! – Los gritos de Sancho se escuchan a tras la puerta cerrada del despacho, Óscar se regodea en su silla.

— Por tanto, a todos los demás animales amigos, solo me queda darles la bienvenida, a la primera… CERDOCRACIA.

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