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Dar la espalda al público.

07/12/2018

El público es soberano, el público manda. La persona que paga la entrada con una porción de su sueldo a cambio de un rato de ocio es quien tiene el poder. Es por eso que todo escritor debe ser también un poco productor, porque ¿de qué sirve escribir algo que nadie va a disfrutar? Y no podía haber elegido una palabra mejor, DISFRUTAR.

Los gustos cambian, en la edad media el concepto de ocio consistía en reírse del tonto del pueblo, regocijarse de alguna ejecución o castigo público o emborracharse hasta perder el conocimiento. Está bien, puede ser que en el siglo XXI las formas de ocio no hayan cambiado demasiado, pero si el formato. Todo, absolutamente todo, es más inmediato. Desde fusilar a alguien en twitter hasta los licores más refinados con nuevas técnicas loquísimas para que el cebollón te pegue antes.

El teatro, el cine y los libros, por mucho que nos empeñemos, han cambiado influenciados unos por otros. En inicio el teatro y las novelas influyeron en el cine y ahora es el cine el que está devorando a sin compasión a sus hermanos mayores. Los hijos de la ESO no han tenido que estudiar tochos infames con letras diminutas, todo son gráficos, fotos y «ver para entender», con lo que la comprensión lectora ha caído varios puntos de unos años a esta parte, es el «una imagen vale más que mil palabras» elevado a la máxima expresión. Los millenials son una generación que lo quiere todo y lo quiere todo YA ¿Por qué voy a esperar a ver unos anuncios impuestos si descargándomelo por internet lo veo de un tirón? ¿Por qué tengo que esperar un capítulo cada semana si puedo ver la temporada completa de una sentada?. Las pantallas de los móviles y la generación youtube vienen pisando fuerte y con más inmediatez aún si cabe que sus predecesores.

A donde quiero llegar es que si un escritor quiere sobrevivir en este mundo, es el escritor el que debe adaptarse al mundo, y no al contrario. Un autor no va a cambiar treinta años de educación secundaria de un país entero. No va a cambiar cincuenta años de una industria del cine que mueve miles de millones al año y mucho menos, va a parar internet cuando el 100% de la población tiene un móvil en su bolsillo más potente que el ordenador que llevó al hombre a la luna.

Adaptarse a esto no es fácil, hay que sintetizar en una historia las tramas y sub-tramas que antes desarrollabas durante cientos de páginas, mostrar las capas de los personajes obviando la verbalización de sus sentimientos, resumiéndolo todo en una mirada o un gesto, o describir un escenario con las palabras justas y necesarias de manera que si es relevante para la historia, debe estar, y si no lo es, hay que meter tijera. Esos son los retos de los autores del siglo XXI y aquellos que se queden en el pasado, con sus premios endogámicos y sus palmaditas mutuas en la espalda, quedarán relegados al ostracismo apabullados por un chaval de veinte años con millones de seguidores de un canal en un plano fijo en el que el silencio es el enemigo a batir corte a corte.

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