Acabo de salir de la casa de un joven alfarero que me ha acogido, muy amablemente, en su hogar.

Era una casa sencilla, sin lujos. Cuatro paredes y un techo, con el baño instalado en una caseta aparte en la zona más apartada de su jardín. Se ha quejado de su desdicha en nuestra conversación durante la cena, y por más que le he dicho que era una persona afortunada; con un oficio y una bonita casa, él siempre argumentaba que si hubiera estudiado herrería en lugar de alfarería, ahora mismo viviría en una mansión de dos plantas con una pequeña granja anexa.

Me ha sido imposible hacerle cambiar de opinión. Aunque me he guardado de comentarle que, antes de plantarme en su casa, pasé por la casa de dos plantas del herrero local, de la que casi me han echado a patadas.

Esto me ha hecho preguntarme ¿hizo el dinero que ganó el herrero una mala persona de él? ¿O ha sido al contrario? ¿Las malas personas tienen más suerte en la vida en esta tierra lejana? Entendiéndose por suerte el aprovecharse de las personas buenas que se cruzan en el camino de la prosperidad.

Espero encontrar respuestas a estas preguntas en el curso de mi viaje.

Del libro de viajes de Tobías Menembur