Relatos

Desubicado

08/04/2019

Al salir de la habitación me di cuenta de que… aquella no era mi casa.
Quiero decir… todo estaba de la misma manera que antes de acostarme, pero no estaban las fotos de Lucía y yo en la plaza de San Marcos, ni el cuadro que pintó mi suegra para nuestra boda. Ni los juguetes de Nugget desperdigados por el suelo y llenos de babas de perro. Ni siquiera él estaba rondando por la casa, moviendo su rabo alegremente.

Empecé a temerme lo peor. Corrí hasta la entrada de la casa buscando el espejo del aparador, pero en su lugar había un mueble totalmente diferente, con un cuenco de flores secas donde deberían estar las llaves de mi coche. Flores secas. ¿Qué está pasando? Ni la cocina está igual que antes, está… limpia. Ordenada.

Al pasar por delante del microondas me veo reflejado en él, me detengo, me observo. Sí, soy yo, pero las arrugas cruzan mi rostro, profundas como heridas de una guerra que solo el tiempo puede ganar.
Una lágrima cae, solitaria, por uno de los surcos que atraviesan mi piel y vocalizo lo único que puedo decirme a mí mismo en ese momento:

—No vuelvo a echarme una siesta con pijama en la vida.

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